La soberanía tecnológica exige demanda, capacidad de elección y cadenas de valor propias
Representantes de la industria, la administración y el sistema científico reclaman una estrategia menos centrada en el origen de la tecnología y más orientada a controlar las dependencias, generar mercado y trasladar la investigación a proyectos industriales.
La soberanía tecnológica ha dejado de plantearse como la sustitución de todas las soluciones extranjeras por alternativas europeas. El debate se desplaza hacia una cuestión más práctica: qué capacidad tienen las empresas y las administraciones para elegir tecnología, conocer sus dependencias y mantener el control sobre los datos, la infraestructura y los servicios críticos.
La información facilitada por AMETIC, a partir de las aportaciones de representantes de la industria, la administración y el sistema científico, apunta a tres prioridades: aplicar una soberanía pragmática, crear demanda para las tecnologías desarrolladas en Europa y mejorar la transferencia de la investigación al mercado.
El análisis debe hacerse por capas. Conectividad, capacidad de cómputo, plataformas, sistemas de información y aplicaciones no presentan las mismas dependencias ni requieren idénticas respuestas. A ellas se suman el talento, la ciberseguridad, la contratación pública y la posibilidad real de mantener, sustituir o trasladar una solución.
Albert Tort, secretario de Telecomunicaciones y Transformación Digital de la
Generalitat de Catalunya, resumió este enfoque al señalar que la autonomía tecnológica no es una condición binaria, sino una evaluación que debe realizarse en cada nivel de la arquitectura.
Soberanía no significa autarquía

El objetivo no es aislar el mercado europeo, sino reforzar la capacidad de elección. Cristian Canton, director asociado del Barcelona Supercomputing Center, situó en torno al 70 % la proporción de datos europeos alojados en infraestructuras de proveedores norteamericanos de cómputo. La cifra ilustra la concentración existente, pero no implica que la respuesta deba consistir en cerrar el mercado.
La prioridad pasa por desarrollar alternativas competitivas y garantizar que las organizaciones puedan decidir dónde ejecutan sus cargas, cómo protegen la información y qué opciones tienen para cambiar
de proveedor. Las AI Factories impulsadas en Europa buscan precisamente acercar capacidad de supercomputación e inteligencia artificial a empresas emergentes y proyectos industriales. Entre las nuevas instalaciones previstas figura una en Cádiz.
Para el canal IT, esta visión amplía el análisis de cualquier proyecto. Ya no basta con comparar prestaciones y precio: entran en juego la jurisdicción aplicable, la localización y el control del dato, la portabilidad, la interoperabilidad, la administración, la seguridad y la continuidad de suministro.
Integradores, distribuidores y proveedores de servicios pueden convertir estos requisitos en arquitectura, migración, auditoría, gestión multicloud, ciberseguridad y soporte. La soberanía tecnológica se traduce así en proyectos concretos, no en una etiqueta comercial.
Sin compradores no existe una cadena tecnológica
El desarrollo de tecnología propia no garantiza por sí solo una industria sostenible. Sin proyectos, clientes de referencia y volumen de mercado, las soluciones tienen dificultades para superar la fase de demostración y alcanzar escala comercial.
La computación cuántica refleja bien este problema. Las tecnologías asociadas no avanzan al mismo ritmo: la criptografía resistente a ataques cuánticos cuenta ya con estándares y aplicaciones, mientras que la computación cuántica continúa en una etapa emergente y la sensórica presenta un grado de madurez diferente según el caso de uso.
En este co
ntexto, la compra pública innovadora puede desempeñar un papel decisivo como primer cliente. Además de validar una tecnología, permite generar referencias, acelerar su adopción y reducir el riesgo para compradores posteriores.
Roger Espasa, consejero delegado de Semidynamics, propuso que una parte de las horas de cómputo contratadas por el sector público se ejecute sobre tecnología europea. La medida no excluiría otras plataformas, pero sí introduciría demanda para proveedores que necesitan mercado para consolidarse.
Centros de datos: acceso a red y suministro
Los centros de datos concentran muchas de estas tensiones. Su despliegue depende de energía, equipamiento eléctrico, conectividad, construcción, refrigeración, servidores, almacenamiento, chips y servicios especializados. Cualquier cuello de botella en una de estas capas puede retrasar el conjunto del proyecto.
Según los datos de Red Eléctrica recogidos por AMETIC, existen alrededor de 12 GW de derechos de acceso concedidos a centros de datos, frente a una demanda punta nacional situada entre 38 y 40 GW. Al mismo tiempo, los plazos de desarrollo pueden alcanzar entre siete y ocho años.
A la disponibilidad de red se suma el suministr
o de equipos eléctricos, señalado por la industria como otro posible límite. Transformadores, sistemas de distribución y otros componentes críticos condicionan los calendarios y obligan a planificar con mayor antelación.
La inversión, sin embargo, también arrastra actividad local. Manuel Giménez, director ejecutivo de Spain DC, indicó que 0,70 euros de cada euro invertido en centros de datos se trasladan a la cadena de valor. El efecto alcanza a ingeniería, construcción, instalación, energía, mantenimiento y servicios tecnológicos.
La ubicación de la infraestructura no resuelve por sí sola la dependencia. Espasa estimó que entre el 80 % y el 85 % del coste de un centro de datos corresponde a la amortización de los chips. Por tanto, levantar instalaciones en territorio nacional no equivale automáticamente a controlar la tecnología que sostiene su capacidad de cómputo.
El problema pendiente de la transferencia
España dispone de investigación científica y capacidades técnicas relevantes, pero mantiene dificultades para convertirlas en productos, empresas y negocio industrial. La distancia entre el laboratorio y el mercado continúa siendo uno de los principales frenos para construir una cadena de valor tecnológica propia.
Los datos expuestos sitúan a España como la cuarta economía de la Unión Europea por PIB, pero en el puesto decimocuarto en innovación. Desde Eurecat se reclamó una política capaz de conectar mejor la investigación con las necesidades empresariales y de acompañar los proyectos durante la industrialización, la financiación y la llegada al mercado.
El canal puede actuar como puente en ese recorrido. Su conocimiento del cliente, su capacidad de integración y su presencia comercial permiten convertir desarrollos especializados en soluciones desplegables, incorporar servicios y llevar tecnologías emergentes a sectores que no cuentan con equipos propios para evaluarlas.
La soberanía tecnológica, entendida de forma pragmática, exige controlar mejor la cadena completa. Para ello hacen falta investigación y fabricantes, pero también compradores, infraestructuras disponibles, integradores



